“La actividad del Absoluto
se puede suponer como un mero juego
(līlā)
propio de su naturaleza, sin referencia a ningún propósito
voluntario”
Shankara
Es icónico el enfrentamiento de un escritor, sea del
ámbito que sea, frente a la página en blanco. Un enfrentamiento que
encierra una pregunta primitiva: ¿por qué escribir?, ¿qué sentido
tiene hacerlo?, y en los tiempos que corren uno podría sumar
sentencias lapidarias y posmodernas: “La originalidad ha muerto”
o “Ya todo está escrito” o “No tiene ningún sentido añadir
más palabras al podrido corpus literario” o “El lector ha
muerto”. Es muy cierto que todo lo maduro desea morir, pero ir
vociferando que entidades culturales o artísticas mueren es aceptar
implícitamente que han alcanzado el culmen, por no hablar del
ridículo que supone extrapolar cuestiones concretas (la muerte) a
entidades abstractas (la cultura y el arte).
Jamás una entidad cultural podrá declararse madura,
ergo jamás morirá y jamás alcanzará algún supuesto “culmen”.
La literatura no persigue ningún fin, no busca adquirir una dulzura
y un color idóneo para desprenderse de forma definitiva, y en ese
caso ¿desprenderse de qué?, ¿hay algo que pueda estar
completamente aislado? Cualquier proceso se inscribe en un proceso
mayor, la literatura carece de finalidad como la realidad carece de
teleología.
Para Mallarmé la página en blanco era expresión de la
pura potencialidad. Equivalente a todas las posibilidades, a la
perfección, a lo permanente, al infinito y en última instancia al
mejor de todos los poemas. Cuando uno empieza a escribir inicia un
proceso de limitación, un proceso de determinación que se inscribe
a su vez en otro proceso, la vida personal de uno, que a su vez se
inscribe en otro proceso, el fluir de la realidad. Y este último es
un proceso infinito. Las creaciones humanas se reducen a meros
rasgos, aspectos irreductibles de la realidad, una realidad que
demanda nuevas creaciones (“Alah ama la diversidad”, dicen los
sabios sufí). Y a pesar de que la demanda es infinita existe el
enfrentamiento ante la página en blanco. Un enfrentamiento que
esconde un miedo, el miedo a ser mediocre, un miedo que es hijo del
mayor de los anhelos del hombre: “la permanencia”.
Tras una apologética prácticamente oculta en las
innumerables páginas de su magna 2666, una apologética sobre
las obras monumentales, Roberto Bolaño (cientos de páginas más
adelante) escribe: “su miedo era el miedo que sufren la mayor
parte de aquellos ciudadanos que un buen (o mal) día deciden
convertir el ejercicio de las letras y, sobre todo, el ejercicio de
la ficción en parte integrante de sus vidas. Miedo a ser malos.
También, miedo a no ser reconocidos. Pero, sobre todo, miedo a ser
malos. Miedo a que sus esfuerzos y afanes caigan en el olvido. Miedo
a la pisada que no deja huella. (…) Miedo a no ser apreciados.
Miedo al fracaso y al ridículo. Pero sobre todo miedo a ser malos.
Miedo a habitar, para siempre jamás, en el infierno de los malos
escritores”. Ese miedo lo medita Ansky, un personaje secundario
(uno de los muchos que habitan la novela), y lo etiqueta de
irracional. Porque lo racional es considerar que este flujo perpetuo
transcurrirá de forma inexorable. Transcurrirá hasta que otros
seres observen al ser humano de la misma forma que éste observa a
sus antepasados. Y cuando esos seres que nos observarán como hijos
del pasado se hallan extinguido ¿dónde quedarán Shakespeare,
Dostoievski, Homero o Cervantes?, ¿no quiere acaso cualquier
escritor acabar siendo un Shakespeare o un Cervantes? Lo más
sensato, el único hecho es la impermanencia. El Πάντα ῥεῖ
de Heráclito. Todo lo que nos concierne, hasta lo más ínfimo, se
halla en un estado de fluir constante. Dándose cuenta de ello la
mente anhela permanencia, una seguridad que ni el tiempo ni los
acontecimientos puedan destruir.
El objetivo de esta entrada era señalar la ausencia de
objetivos. Objetivos, sean los que sean, que engendran miedo y
coartan la libertad. Era también equiparar a la literatura con la
realidad y describirla como un juego. Un juego infinito y sin reglas
establecidas. Era inaugurar un blog (un espacio gratuito donde juegan
las palabras). Y nada me pareció más propicio para tal inauguración
que hablar de la naturaleza del acto primordial mediante el cual el
Absoluto, la Realidad, crea sus universos. El Vedanta usa para ello
un termino específico: līlā.
Término
que plantea
que la Realidad crea (mantiene y destruye) los mundos por la pura
dicha de hacerlo sin responder a ninguna necesidad. Un
acto creativo que
simplemente es
una liberación de energía espontánea y sin propósito alguno;
diferente a una acción que produce resultados que obligan y
determinan al actor. Y de esa forma,
solo de esa forma, cuando el escribir no aspira a ser más de lo que
es, la escritura se torna en juego. A
jugar pues,
como locos, como niños y como asesinos.
Mariano Liberal Alveolite