lunes, 20 de enero de 2014

Līlā: La creación sin motivo


 “La actividad del Absoluto se puede suponer como un mero juego (līlā) propio de su naturaleza, sin referencia a ningún propósito voluntario”
Shankara

Es icónico el enfrentamiento de un escritor, sea del ámbito que sea, frente a la página en blanco. Un enfrentamiento que encierra una pregunta primitiva: ¿por qué escribir?, ¿qué sentido tiene hacerlo?, y en los tiempos que corren uno podría sumar sentencias lapidarias y posmodernas: “La originalidad ha muerto” o “Ya todo está escrito” o “No tiene ningún sentido añadir más palabras al podrido corpus literario” o “El lector ha muerto”. Es muy cierto que todo lo maduro desea morir, pero ir vociferando que entidades culturales o artísticas mueren es aceptar implícitamente que han alcanzado el culmen, por no hablar del ridículo que supone extrapolar cuestiones concretas (la muerte) a entidades abstractas (la cultura y el arte).

Jamás una entidad cultural podrá declararse madura, ergo jamás morirá y jamás alcanzará algún supuesto “culmen”. La literatura no persigue ningún fin, no busca adquirir una dulzura y un color idóneo para desprenderse de forma definitiva, y en ese caso ¿desprenderse de qué?, ¿hay algo que pueda estar completamente aislado? Cualquier proceso se inscribe en un proceso mayor, la literatura carece de finalidad como la realidad carece de teleología.

Para Mallarmé la página en blanco era expresión de la pura potencialidad. Equivalente a todas las posibilidades, a la perfección, a lo permanente, al infinito y en última instancia al mejor de todos los poemas. Cuando uno empieza a escribir inicia un proceso de limitación, un proceso de determinación que se inscribe a su vez en otro proceso, la vida personal de uno, que a su vez se inscribe en otro proceso, el fluir de la realidad. Y este último es un proceso infinito. Las creaciones humanas se reducen a meros rasgos, aspectos irreductibles de la realidad, una realidad que demanda nuevas creaciones (“Alah ama la diversidad”, dicen los sabios sufí). Y a pesar de que la demanda es infinita existe el enfrentamiento ante la página en blanco. Un enfrentamiento que esconde un miedo, el miedo a ser mediocre, un miedo que es hijo del mayor de los anhelos del hombre: “la permanencia”.

Tras una apologética prácticamente oculta en las innumerables páginas de su magna 2666, una apologética sobre las obras monumentales, Roberto Bolaño (cientos de páginas más adelante) escribe: “su miedo era el miedo que sufren la mayor parte de aquellos ciudadanos que un buen (o mal) día deciden convertir el ejercicio de las letras y, sobre todo, el ejercicio de la ficción en parte integrante de sus vidas. Miedo a ser malos. También, miedo a no ser reconocidos. Pero, sobre todo, miedo a ser malos. Miedo a que sus esfuerzos y afanes caigan en el olvido. Miedo a la pisada que no deja huella. (…) Miedo a no ser apreciados. Miedo al fracaso y al ridículo. Pero sobre todo miedo a ser malos. Miedo a habitar, para siempre jamás, en el infierno de los malos escritores”. Ese miedo lo medita Ansky, un personaje secundario (uno de los muchos que habitan la novela), y lo etiqueta de irracional. Porque lo racional es considerar que este flujo perpetuo transcurrirá de forma inexorable. Transcurrirá hasta que otros seres observen al ser humano de la misma forma que éste observa a sus antepasados. Y cuando esos seres que nos observarán como hijos del pasado se hallan extinguido ¿dónde quedarán Shakespeare, Dostoievski, Homero o Cervantes?, ¿no quiere acaso cualquier escritor acabar siendo un Shakespeare o un Cervantes? Lo más sensato, el único hecho es la impermanencia. El Πάντα ῥεῖ de Heráclito. Todo lo que nos concierne, hasta lo más ínfimo, se halla en un estado de fluir constante. Dándose cuenta de ello la mente anhela permanencia, una seguridad que ni el tiempo ni los acontecimientos puedan destruir.

El objetivo de esta entrada era señalar la ausencia de objetivos. Objetivos, sean los que sean, que engendran miedo y coartan la libertad. Era también equiparar a la literatura con la realidad y describirla como un juego. Un juego infinito y sin reglas establecidas. Era inaugurar un blog (un espacio gratuito donde juegan las palabras). Y nada me pareció más propicio para tal inauguración que hablar de la naturaleza del acto primordial mediante el cual el Absoluto, la Realidad, crea sus universos. El Vedanta usa para ello un termino específico: līlā. Término que plantea que la Realidad crea (mantiene y destruye) los mundos por la pura dicha de hacerlo sin responder a ninguna necesidad. Un acto creativo que simplemente es una liberación de energía espontánea y sin propósito alguno; diferente a una acción que produce resultados que obligan y determinan al actor. Y de esa forma, solo de esa forma, cuando el escribir no aspira a ser más de lo que es, la escritura se torna en juego. A jugar pues, como locos, como niños y como asesinos.

Mariano Liberal Alveolite