viernes, 31 de octubre de 2014

Personajes Suicidas I: Kirilov


La gente se mata por miedo, pero también por miedo sigue viviendo”

F.Dostoievski


El personaje Kirilov, el más terrible de los demonios descritos por Dostoievski, es un personaje imposible. En él la locura se desarrolla como un tumor imparable. No es una locura que se deba a la privación del juicio o del uso de la razón, ambas aptitudes parecen incluso exacerbadas en él. Las acciones de Kirilov, concentradas y fijadas de antemano, causan sorpresa por su carácter anómalo, carente de redención. Nos encontramos ante un loco cuya locura es deudora de un profundo análisis, que parece cortar a la realidad en dos, y nos fuerza a dudar de la supuesta cordura de las tradiciones humanas.

Para Dostoievski la sociedad y los seres humanos están condenados. La vida es dolor y miedo y por ello se interpreta en esos términos. Pero ante la certeza de ello, el escritor que estuvo a un paso de la disolución completa, a un paso de que lo fusilaran, parece no encontrar una motivación o inquietud más preeminente o elevada que la de intentar revertir el orden de las cosas. ¿Puede salvarse la humanidad? La inquietud parece permear toda su obra, en algunos cuentos como “Sueño de un hombre ridículo” o en la interpolación de “El gran inquisidor” en “Los hermanos Karamazov” se hace la interrogación de forma explícita.

La tentativa de respuesta que nos encontramos en los cuentos mencionados y en el mismo Kirilov nos traslada a la figura del mesías. De esa forma la interrogación muda su aspecto hasta convertirse en la siguiente: ¿puede alguien salvar a la humanidad? Aquello que el genio ruso pretende abolir con sus mesiánicos personajes es el miedo. Un monsruo que resulta sencillo señalar y cuyos tentáculos oprimen a todos y cada uno de los seres humanos, pero que al fin y al cabo necesita de la víctima, necesita de ese ser indispensable a quien atemorizar. Y al hacer de la vida “dolor” y “miedo”, el monstruo debe estar ligado a alguna aptitud cotidiana que se repita constantemente. Dostoievski reconoce al monstruo y lo señala sin miramientos, aquello que los seres humanos temen, aquello que les impide ser felices es el “libre albedrío”:

Todos son desgraciados porque temen hacer un acto de voluntad. El hombre ha sido hasta ahora tan infeliz y tan pobre porque ha tenido miedo a manifestar el punto supremo de su albedrío ”
-Los Demonios-

Podemos vislumbrar a la felicidad como la ausencia total de miedo y como el lugar por ende en donde los hombres son enteramente libres. Ante la claridad del razonamiento uno debe hacer frente a la realidad de los hechos: todas las tradiciones culturales y en definitiva toda la historia se estructuran en el miedo. El miedo también se percibe como un velo que impide ver la conformidad del cosmos. “Todo está bien”, nos dice Kirilov, “Todo”. El hombre parece desdichado porque en realidad desconoce que es feliz. El miedo al porvenir impregna todo lo que se inscribe en un proceso temporal, de manera que cuando todo hombre alcance la felicidad el tiempo dejará de existir. Ya no hará falta. Dado que el tiempo no es un objeto sino una idea meramente se extinguirá de la mente. La felicidad tal como la presenta Dostoievski en Kirilov se asemeja a visiones contemplativas como la descrita por el vedanta, o la reestructuración kantiana del mismo que realiza Schopenhauer; en quitar el velo de Maya destruyendo para siempre la división entre sujeto y objeto, en destruir el principium individuationis e identificarse con el Todo, en agradecer el mero devenir:

Yo rezo a todo. Si veo una araña andar por la pared, la contemplo y le agradezco el solo hecho de andar”
-Los Demonios-

El mesías parece querer liberar al pueblo oprimido de la desdicha y la penuria, y para eso su propuesta es siempre la misma. En “El gran inquisidor” se plantea lo siguiente: ¿Que sucedería si el mismo Jesús retornase a la Tierra? Exactamente lo mismo que cuando vino la primera vez, acabaría siendo asesinado por los hombres, por el miedo a la libertad de los hombres:

Quieres presentarte al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una libertad que su tontería y su maldad naturales no le permiten comprender, una libertad espantosa, ¡pues para el hombre y para la sociedad no ha habido nada tan espantoso como la libertad!(...) Tú no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación; te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la Humanidad”
-El gran inquisidor-

Y Dostoievski sugiere constantemente que los hombres en masa prefieren los panes, que el miedo a la libertad es mayor que cualquier cosa. ¿Qué desea cualquier ser humano corriente? Estabilidad, permanencia, que el torrente frenético que es la vida tenga la sensación de estatismo. Eso es miedo a la libertad. Un miedo que es conocido por los hombres, denunciado por mentes lúcidas, Nietzsche, Fromm, Krishnamurti y como es evidente de suyo el mismo Dostoievski. Ese miedo y el control sobre los seres que posibilita es lo que impide que pueda haber una Humanidad. Una de las ideas más revolucionarias que encontramos en “Crimen y Castigo” es que la Historia de la Humanidad es una historia de caprichos, de espíritus osados que se ubican por encima del resto. ¿Cómo lo hacen? Simplemente soportando la culpa dado que no temen las consecuencias de sus actos.

Los aspectos mesiánicos en Kirilov se ligan con la extravagancia y exageración propias de un ruso. En efecto él es feliz, a diferencia del resto de demonios y de seres que pueblan el mundo, porque no tiene miedo. Para Kirilov eso que temen tanto los hombres, la libertad, es su atributo divino. Y la máxima certeza va ligada a un comportamiento delirante que pretende sustraer a toda la humanidad del miedo. La locura se muestra en su modus operandi, ¿cuál es la estrategia que tiene Kirilov para tan magna tarea? Cometer un acto sumo de libertad, un suicidio consciente. Un suicidio para probar la libertad divina de los seres humanos. Decidir cuando morir para sublimarse así a las leyes de la naturaleza.

Me mato para demostrar mi rebeldía y mi nueva y terrible libertad”
-Los Demonios-

Con ese acto rotundo y sumamente concienzudo Kirilov se convertirá inmediatamente en Dios. Para nuestro suicida genuino no existe una idea más alta que el ateísmo. Si Dios no existe yo soy Dios; porque si Dios existe toda la voluntad es de él y nadie podría escapar a su voluntad, pero si no existe toda la voluntad recae en nosotros y estamos obligados a mostrar nuestro libre albedrío. La necesidad de amparo de los hombres los ha conducido a inventar a Dios para vivir y no suicidarse.

Comprender que no hay Dios y no percatarse de que uno mismo se ha convertido en Dios representa un absurdo (…). Si lo comprendes, tú eres el soberano, y ya no te matas a ti mismo, sino que vivirás en la mayor de las glorias. Pero uno, el que lleva la prioridad, ha de suicidarse forzosamente, pues, de no ser así, ¿quién marcaría la pauta y quién lo demostraría? Yo me mataré sin falta, para dar ejemplo y demostrarlo”
-Los Demonios-

Pero su ejemplo aleccionador se difumina en la idealidad. Lo hace sin propagandas, sin aclamaciones, en un lugar anodino. Dostoievski pareciera engendrar la reflexión de esa forma, introduciendo la verdad en un personaje desesperado, en la locura de un personaje imposible. El delirio mesiánico se delata en ese deseo de prioridad. No hay ningún rastro de necesidad en ello. La sentencia de Kirilov está en boca del auténtico demonio de la obra, la personificación de la altanería y la superficialidad, el vulgar Piotr Stepánovich, que le dice:

No es usted quien ha devorado la idea, sino la idea la que lo ha devorado a usted”
-Los Demonios-


Mariano Liberal Alveolite