Una tarde, después de comer, conversaban Borges y Bioy
sobre Jesucristo como personaje literario. Comentaban, de memoria, pasajes de
los cuatro evangelios; no tardaron en reparar en algo que les causó curiosidad y
extrañeza: muchas veces, el lector ve a Jesucristo incurrir en acciones y
reacciones inesperadas, pero, pese a ello, el carácter y la psicología del
personaje siempre parecen coherentes. Altanero, místico, iracundo, generoso,
demagogo, compasivo, Jesucristo tiene algo que lleva al lector a seguir
adelante con él, aunque a veces nos abrume, aunque a veces nos aburra; también nos
abruma y nos aburre muchas veces Don Quijote, y no podemos dejar de acompañarlo
en su aventura. El imán que nos hace seguir a ambos es el mismo, y es
inequívoco. Los dos se dejan llevar a esa isla de interpretaciones asociales
que llamamos locura: uno cree ser el hijo de Dios, el otro, un sin par
caballero andante. De allí, de la locura, viene también ese carácter que
aparenta ser homogéneo en lo heterogéneo, y que llamó la atención de Borges y
de Bioy: nada parece casual, nada parece inconsistente en una personalidad
cobijada en ideas fijas que pugnan contra el mundo.
El lector es un morboso: viaja a lo largo de las páginas
con Jesucristo y con Don Quijote, solidariza con ellos, se entusiasma, quizá
llega a quererlos; sin embargo, en el fondo espera que, antes del fin, ambos
personajes se golpeen fuerte contra eso que llamamos realidad. Por supuesto,
siempre hay una parte del lector que anhela el triunfo del héroe, pero es quizá
más fuerte la parte que necesita ver caer al héroe loco, porque esa caída, esa
derrota última, de algún modo justifica nuestro miedo a impugnar lo
universalmente aceptado. Cubriendo esta necesidad del lector, ambos personajes
pierden su locura antes de perder la vida. El lapso de lucidez o, si se quiere,
de regreso al mundo consensuado, es bastante corto en la narración, tanto en el
caso de Jesucristo, como en el de Don Quijote; de todos modos, basta y sobra
para establecer el contraste requerido.
Clavado en la cruz, Jesucristo sigue, por un buen rato, habitando
en su locura. Ofrece el paraíso a uno de los ladrones que comparten su suplicio;
incluso hace ostentación de su tranquilidad, y de su condición invulnerable,
cuando dice: “padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Se refiere a un
par de legionarios romanos, aunque bien podría referirse a todos los presentes,
para él meros extras en la representación de su trascendencia. La ruptura de su
verdad alucinada está indicada del modo más elemental y expresivo posible: de
pronto, Jesucristo grita. Los evangelios de Mateo y de Marcos nos cuentan lo
que grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Aquí está todo. El
personaje cae de bruces en la realidad de los demás. Su imaginación y su voluntad
no han podido aguantar hasta el final. Entonces el morbo del lector se
apacigua, porque recibe lo que oscuramente esperaba: sentimos que por fin
podemos compadecer al personaje con tranquilidad. Poco después, Jesucristo
lanza un segundo grito. Esta vez se trata de pura expresión primaria; no hay
palabras, porque ya no hay nada que pueda ser dicho discursivamente. De todos
modos, podemos suponer que en ese grito sin palabras hay autoconsciencia, y hay
desolación. Con el grito y en el grito, Jesucristo muere. Pocas líneas después de
derrotada la locura, es derrotada la vida; el personaje, o lo que queda de él, no
tiene ya fuerzas para sostenerse ni media página más.
Don Quijote sigue a su precursor, aunque su caída en el mundo
de los demás parece menos brutal. El caballero andante ha regresado a su pueblo
y a su casa, obligado por una promesa a abandonar su andante caballería. Don
Quijote ha sido reducido a la inactividad; es un loco al que han quitado del camino. Luego, un
loco desprovisto del contexto propicio para convertir sus ideas excéntricas en
acciones chocantes, ¿sigue siendo un loco? Podríamos responder que no: para la
sociedad resulta irrelevante, y por ende irreal, la supuesta locura de alguien
que no actúa. Sin embargo, como lectores, respondemos que sí, que el personaje
sigue siendo un loco: no nos basta su reducción a la pasividad, porque algo dentro
de nosotros necesita que la verdad alucinada de Don Quijote choque contra el
duro mundo en que todos los demás habitamos, y se rompa por completo.
A muy pocas páginas
del final, la situación esperada llega. Don Quijote enferma, y el médico dictamina
que ocurrirá lo peor. El deceso no es fulminante; el hidalgo
pasa varios días en cama, muriéndose sin prisa, en concordancia con su
inactividad del último tiempo. Entonces,
con toda claridad, reconoce su locura, reniega de ella, y pide perdón a Sancho Panza
por haberlo arrastrado en el delirio. El escudero quiere exhortarlo a seguir
viviendo, y a volver a la aventura, pero el hombre que fue Don Quijote ya no lo
es más:
“-Señores
-dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay
pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y
soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes
mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y
prosiga adelante el señor escribano”.
“Señores”, dice el
moribundo, para pedir atención a sus palabras decisivas. Les habla a quienes
rodean su lecho, pero podemos pensar que se refiere por sobre todo a nosotros,
los lectores: viene a darnos lo que necesitábamos, la aniquilación de su
locura, para que por fin estemos en paz con él y podamos compadecerlo, porque la
tristeza nos acerca más a alguien que la fascinación. A diferencia de
Jesucristo, su precursor, en Don Quijote no hay grito. No caigamos en
efusiones, parece decirnos. “Y prosiga adelante el señor escribano”, son las
últimas palabras de su confesión; con ellas, nos pide que devolvamos la muerte
al único cauce en el que no se habla de ella con exaltación, el cauce
burocrático. El deceso no viene de inmediato tras esta confesión crucial: el
personaje se desmaya, duerme, sigue respirando por algunos días; una tibia
gradualidad sigue su curso. Por fin, leemos que Don Quijote ha muerto. El texto
no nos regala sus palabras finales: no volvimos a oírlo hablar después de su
confesión. En estricto rigor, lo poco que quedaba del personaje ya no era capaz
de decirnos nada.
Los últimos días de
Don Quijote, tras renegar de haber sido Don Quijote, son equivalentes a las
horas o minutos que pasó Jesucristo después de su primer grito. En ambos casos
la narración, se diría que con pudor, empieza a mirarlos desde lejos. Podemos
conjeturar que ambos afrontaron la muerte con perplejidad, desde una identidad vacía
o, más exactamente, desde una identidad vaciada. En cuanto a los lectores, hemos
recibido lo que esperábamos: la inevitable realidad, al menos siempre inevitable
para nosotros, ha alcanzado también a los héroes locos. De inmediato
descubrimos que aquello que esperábamos no nos gusta: los personajes que acaban
de morir no se parecen a nuestros héroes. Entonces un fuerte impulso nos lleva
a leer otra vez sus aventuras desde el principio, y mientras leemos anhelamos,
por unas pocas páginas, que se salgan con la suya.