sábado, 15 de febrero de 2014

Literatura, locura y muerte: Jesucristo, precursor de Don Quijote

Una tarde, después de comer, conversaban Borges y Bioy sobre Jesucristo como personaje literario. Comentaban, de memoria, pasajes de los cuatro evangelios; no tardaron en reparar en algo que les causó curiosidad y extrañeza: muchas veces, el lector ve a Jesucristo incurrir en acciones y reacciones inesperadas, pero, pese a ello, el carácter y la psicología del personaje siempre parecen coherentes. Altanero, místico, iracundo, generoso, demagogo, compasivo, Jesucristo tiene algo que lleva al lector a seguir adelante con él, aunque a veces nos abrume, aunque a veces nos aburra; también nos abruma y nos aburre muchas veces Don Quijote, y no podemos dejar de acompañarlo en su aventura. El imán que nos hace seguir a ambos es el mismo, y es inequívoco. Los dos se dejan llevar a esa isla de interpretaciones asociales que llamamos locura: uno cree ser el hijo de Dios, el otro, un sin par caballero andante. De allí, de la locura, viene también ese carácter que aparenta ser homogéneo en lo heterogéneo, y que llamó la atención de Borges y de Bioy: nada parece casual, nada parece inconsistente en una personalidad cobijada en ideas fijas que pugnan contra el mundo.

El lector es un morboso: viaja a lo largo de las páginas con Jesucristo y con Don Quijote, solidariza con ellos, se entusiasma, quizá llega a quererlos; sin embargo, en el fondo espera que, antes del fin, ambos personajes se golpeen fuerte contra eso que llamamos realidad. Por supuesto, siempre hay una parte del lector que anhela el triunfo del héroe, pero es quizá más fuerte la parte que necesita ver caer al héroe loco, porque esa caída, esa derrota última, de algún modo justifica nuestro miedo a impugnar lo universalmente aceptado. Cubriendo esta necesidad del lector, ambos personajes pierden su locura antes de perder la vida. El lapso de lucidez o, si se quiere, de regreso al mundo consensuado, es bastante corto en la narración, tanto en el caso de Jesucristo, como en el de Don Quijote; de todos modos, basta y sobra para establecer el contraste requerido.

Clavado en la cruz, Jesucristo sigue, por un buen rato, habitando en su locura. Ofrece el paraíso a uno de los ladrones que comparten su suplicio; incluso hace ostentación de su tranquilidad, y de su condición invulnerable, cuando dice: “padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Se refiere a un par de legionarios romanos, aunque bien podría referirse a todos los presentes, para él meros extras en la representación de su trascendencia. La ruptura de su verdad alucinada está indicada del modo más elemental y expresivo posible: de pronto, Jesucristo grita. Los evangelios de Mateo y de Marcos nos cuentan lo que grita: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Aquí está todo. El personaje cae de bruces en la realidad de los demás. Su imaginación y su voluntad no han podido aguantar hasta el final. Entonces el morbo del lector se apacigua, porque recibe lo que oscuramente esperaba: sentimos que por fin podemos compadecer al personaje con tranquilidad. Poco después, Jesucristo lanza un segundo grito. Esta vez se trata de pura expresión primaria; no hay palabras, porque ya no hay nada que pueda ser dicho discursivamente. De todos modos, podemos suponer que en ese grito sin palabras hay autoconsciencia, y hay desolación. Con el grito y en el grito, Jesucristo muere. Pocas líneas después de derrotada la locura, es derrotada la vida; el personaje, o lo que queda de él, no tiene ya fuerzas para sostenerse ni media página más.

Don Quijote sigue a su precursor, aunque su caída en el mundo de los demás parece menos brutal. El caballero andante ha regresado a su pueblo y a su casa, obligado por una promesa a abandonar su andante caballería. Don Quijote ha sido reducido a la inactividad; es un loco al que han quitado del camino. Luego, un loco desprovisto del contexto propicio para convertir sus ideas excéntricas en acciones chocantes, ¿sigue siendo un loco? Podríamos responder que no: para la sociedad resulta irrelevante, y por ende irreal, la supuesta locura de alguien que no actúa. Sin embargo, como lectores, respondemos que sí, que el personaje sigue siendo un loco: no nos basta su reducción a la pasividad, porque algo dentro de nosotros necesita que la verdad alucinada de Don Quijote choque contra el duro mundo en que todos los demás habitamos, y se rompa por completo.

A muy pocas páginas del final, la situación esperada llega. Don Quijote enferma, y el médico dictamina que ocurrirá lo peor. El deceso no es fulminante; el hidalgo pasa varios días en cama, muriéndose sin prisa, en concordancia con su inactividad del último tiempo. Entonces, con toda claridad, reconoce su locura, reniega de ella, y pide perdón a Sancho Panza por haberlo arrastrado en el delirio. El escudero quiere exhortarlo a seguir viviendo, y a volver a la aventura, pero el hombre que fue Don Quijote ya no lo es más:

 -Señores -dijo don Quijote-, vámonos poco a poco, pues ya en los nidos de antaño no hay pájaros hogaño: yo fui loco, y ya soy cuerdo; fui don Quijote de la Mancha, y soy agora, como he dicho, Alonso Quijano el Bueno. Pueda con vuestras mercedes mi arrepentimiento y mi verdad volverme a la estimación que de mí se tenía, y prosiga adelante el señor escribano”.

“Señores”, dice el moribundo, para pedir atención a sus palabras decisivas. Les habla a quienes rodean su lecho, pero podemos pensar que se refiere por sobre todo a nosotros, los lectores: viene a darnos lo que necesitábamos, la aniquilación de su locura, para que por fin estemos en paz con él y podamos compadecerlo, porque la tristeza nos acerca más a alguien que la fascinación. A diferencia de Jesucristo, su precursor, en Don Quijote no hay grito. No caigamos en efusiones, parece decirnos. “Y prosiga adelante el señor escribano”, son las últimas palabras de su confesión; con ellas, nos pide que devolvamos la muerte al único cauce en el que no se habla de ella con exaltación, el cauce burocrático. El deceso no viene de inmediato tras esta confesión crucial: el personaje se desmaya, duerme, sigue respirando por algunos días; una tibia gradualidad sigue su curso. Por fin, leemos que Don Quijote ha muerto. El texto no nos regala sus palabras finales: no volvimos a oírlo hablar después de su confesión. En estricto rigor, lo poco que quedaba del personaje ya no era capaz de decirnos nada.

Los últimos días de Don Quijote, tras renegar de haber sido Don Quijote, son equivalentes a las horas o minutos que pasó Jesucristo después de su primer grito. En ambos casos la narración, se diría que con pudor, empieza a mirarlos desde lejos. Podemos conjeturar que ambos afrontaron la muerte con perplejidad, desde una identidad vacía o, más exactamente, desde una identidad vaciada. En cuanto a los lectores, hemos recibido lo que esperábamos: la inevitable realidad, al menos siempre inevitable para nosotros, ha alcanzado también a los héroes locos. De inmediato descubrimos que aquello que esperábamos no nos gusta: los personajes que acaban de morir no se parecen a nuestros héroes. Entonces un fuerte impulso nos lleva a leer otra vez sus aventuras desde el principio, y mientras leemos anhelamos, por unas pocas páginas, que se salgan con la suya.


Esteban Aguayo Sepúlveda


5 comentarios:

  1. "Por supuesto, siempre hay una parte del lector que anhela el triunfo del héroe, pero es quizá más fuerte la parte que necesita ver caer al héroe loco, porque esa caída, esa derrota última, de algún modo justifica nuestro miedo a impugnar lo universalmente aceptado".

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  2. Muy ingenioso (como el Hidalgo) el análisis, me gustó mucho. Claramente lo dice al inicio "análisis desde el punto de vista literario", pero aun así.....Qué piensa el creyente que no puede (ni debe) separar el ámbito literario del confesional????....Gracias Esteban por estas cosas que nos hacen pensar.....y espero verlo pronto por estos lares.

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    2. Gracias a ti, Claudio. ¿Qué pensaría el creyente confesional al respecto? No tengo idea. O supongo que abandonaría el juego en la primera línea, o ya en el título. De todos modos, creo o quiero creer que no todos los creyentes confesionales son con Escrivá de Balaguer, y que habrá algunos más parecidos a Angelus Silesius.

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