“La gente se mata por
miedo, pero también por miedo sigue viviendo”
F.Dostoievski
El
personaje Kirilov, el más terrible de los demonios descritos por
Dostoievski, es un personaje imposible. En él la locura se
desarrolla como un tumor imparable. No es una locura que se
deba a la privación del juicio o del uso de la razón, ambas
aptitudes parecen incluso exacerbadas en él. Las acciones de
Kirilov, concentradas y fijadas de antemano, causan sorpresa por su
carácter anómalo, carente de redención. Nos encontramos ante un
loco cuya locura es deudora de un profundo análisis, que parece
cortar a la realidad en dos, y nos fuerza a dudar de la supuesta
cordura de las tradiciones humanas.
Para Dostoievski la
sociedad y los seres humanos están condenados. La vida es dolor y
miedo y por ello se interpreta en esos términos. Pero ante la
certeza de ello, el escritor que estuvo a un paso de la disolución
completa, a un paso de que lo fusilaran, parece no encontrar una
motivación o inquietud más preeminente o elevada que la de intentar
revertir el orden de las cosas. ¿Puede salvarse la humanidad? La
inquietud parece permear toda su obra, en algunos cuentos como “Sueño
de un hombre ridículo” o en la interpolación de “El gran
inquisidor” en “Los hermanos Karamazov” se hace la
interrogación de forma explícita.
La tentativa de respuesta
que nos encontramos en los cuentos mencionados y en el mismo Kirilov
nos traslada a la figura del mesías. De esa forma la interrogación
muda su aspecto hasta convertirse en la siguiente: ¿puede alguien
salvar a la humanidad? Aquello que el genio ruso pretende abolir con
sus mesiánicos personajes es el miedo. Un monsruo que resulta
sencillo señalar y cuyos tentáculos oprimen a todos y cada uno de
los seres humanos, pero que al fin y al cabo necesita de
la víctima, necesita de ese ser indispensable a quien atemorizar. Y
al hacer de la vida “dolor” y “miedo”, el monstruo debe
estar ligado a alguna aptitud cotidiana que se repita constantemente.
Dostoievski reconoce al monstruo y lo señala sin miramientos,
aquello que los seres humanos temen, aquello que les impide ser
felices es el “libre albedrío”:
“Todos son
desgraciados porque temen hacer un acto de voluntad. El hombre ha
sido hasta ahora tan infeliz y tan pobre porque ha tenido miedo a
manifestar el punto supremo de su albedrío ”
-Los
Demonios-
Podemos vislumbrar a la
felicidad como la ausencia total de miedo y como el lugar por ende en
donde los hombres son enteramente libres. Ante la claridad del
razonamiento uno debe hacer frente a la realidad de los hechos: todas
las tradiciones culturales y en definitiva toda la historia se
estructuran en el miedo. El miedo también se percibe como un velo
que impide ver la conformidad del cosmos. “Todo está bien”, nos
dice Kirilov, “Todo”. El hombre parece desdichado porque en
realidad desconoce que es feliz. El miedo al porvenir impregna todo
lo que se inscribe en un proceso temporal, de manera que cuando todo
hombre alcance la felicidad el tiempo dejará de existir. Ya no hará
falta. Dado que el tiempo no es un objeto sino una idea meramente se
extinguirá de la mente. La felicidad tal como la presenta
Dostoievski en Kirilov se asemeja a visiones contemplativas como la
descrita por el vedanta, o la reestructuración kantiana del mismo
que realiza Schopenhauer; en quitar el velo de Maya destruyendo para
siempre la división entre sujeto y objeto, en destruir el principium
individuationis e identificarse con el Todo, en agradecer el mero
devenir:
“Yo rezo a todo. Si
veo una araña andar por la pared, la contemplo y le agradezco el
solo hecho de andar”
-Los
Demonios-
El
mesías parece querer liberar al pueblo oprimido de la desdicha y la
penuria, y para eso su propuesta es siempre la misma. En “El gran
inquisidor” se plantea lo siguiente: ¿Que sucedería si el mismo
Jesús retornase a la Tierra? Exactamente lo mismo que cuando vino la
primera vez, acabaría siendo asesinado por los hombres, por el miedo
a la libertad de los hombres:
“Quieres presentarte
al mundo con las manos vacías, anunciándoles a los hombres una
libertad que su tontería y su maldad naturales no le permiten
comprender, una libertad espantosa, ¡pues para el hombre y para la
sociedad no ha habido nada tan espantoso como la libertad!(...) Tú
no quisiste privar al hombre de su libertad y repeliste la tentación;
te horrorizaba la idea de comprar con panes la obediencia de la
Humanidad”
-El
gran inquisidor-
Y
Dostoievski sugiere constantemente que los hombres en masa prefieren
los panes, que el miedo a la libertad es mayor que cualquier cosa.
¿Qué desea cualquier ser humano corriente? Estabilidad,
permanencia, que el torrente frenético que es la vida tenga la
sensación de estatismo. Eso es miedo a la libertad. Un miedo que es
conocido por los hombres, denunciado por mentes lúcidas, Nietzsche,
Fromm, Krishnamurti y como es evidente de suyo el mismo Dostoievski.
Ese miedo y el control sobre los seres que posibilita es lo que
impide que pueda haber una Humanidad. Una de las ideas más
revolucionarias que encontramos en “Crimen y Castigo” es que la
Historia de la Humanidad es una historia de caprichos, de espíritus
osados que se ubican por encima del resto. ¿Cómo lo hacen?
Simplemente soportando la culpa dado que no temen las consecuencias
de sus actos.
Los
aspectos mesiánicos en Kirilov se ligan con la extravagancia y
exageración propias de un ruso. En efecto él es feliz, a diferencia
del resto de demonios y de seres que pueblan el mundo, porque no
tiene miedo. Para Kirilov eso que temen tanto los hombres, la
libertad, es su atributo divino. Y la máxima certeza va ligada a un
comportamiento delirante que pretende sustraer a toda la humanidad
del miedo. La locura se muestra en su modus operandi, ¿cuál es la
estrategia que tiene Kirilov para tan magna tarea? Cometer un acto
sumo de libertad, un suicidio consciente. Un suicidio para probar la
libertad divina de los seres humanos. Decidir cuando morir para
sublimarse así a las leyes de la naturaleza.
“Me mato para
demostrar mi rebeldía y mi nueva y terrible libertad”
-Los
Demonios-
Con
ese acto rotundo y sumamente concienzudo Kirilov se convertirá
inmediatamente en Dios. Para nuestro suicida genuino no existe una
idea más alta que el ateísmo. Si Dios no existe yo soy Dios; porque
si Dios existe toda la voluntad es de él y nadie podría escapar a
su voluntad, pero si no existe toda la voluntad recae en nosotros y
estamos obligados a mostrar nuestro libre albedrío. La necesidad de
amparo de los hombres los ha conducido a inventar a Dios para vivir y
no suicidarse.
“Comprender que no
hay Dios y no percatarse de que uno mismo se ha convertido en Dios
representa un absurdo (…). Si lo comprendes, tú eres el soberano,
y ya no te matas a ti mismo, sino que vivirás en la mayor de las
glorias. Pero uno, el que lleva la prioridad, ha de suicidarse
forzosamente, pues, de no ser así, ¿quién marcaría la pauta y
quién lo demostraría? Yo me mataré sin falta, para dar ejemplo y
demostrarlo”
-Los
Demonios-
Pero
su ejemplo aleccionador se difumina en la idealidad. Lo hace sin
propagandas, sin aclamaciones, en un lugar anodino. Dostoievski
pareciera engendrar la reflexión de esa forma, introduciendo la
verdad en un personaje desesperado, en la locura de un personaje
imposible. El delirio mesiánico se delata en ese deseo de prioridad.
No hay ningún rastro de necesidad en ello. La sentencia de Kirilov
está en boca del auténtico demonio de la obra, la personificación
de la altanería y la superficialidad, el vulgar Piotr Stepánovich,
que le dice:
“No es usted quien
ha devorado la idea, sino la idea la que lo ha devorado a usted”
-Los
Demonios-
Mariano
Liberal Alveolite
Buena reflexión sobre el miedo, la libertad y el destino. Te felicito por el blog, Marian, lo seguiré regularmente. Aparte, por comentar ya la entrada, y hablando de referencias, te pongo sobre la pista de una que no he visto, me refiero a San Agustín. De hecho, podría decir que Dostoievski está dialogando o discutiendo con él (o quizá seas tú). Por otra parte, Cicerón va a plantear la antinomia entre libertad y destino en los mismos términos - si hay destino (o providencia) no hay libertad; si hay libertad, no hay destino. Los escritores cristianos, entre ellos Agustín, intentarán reconciliar la oposición sin eliminar ninguno de los términos, ¡arduo chungo! En fin, se nota que estoy leyendo al Santo... ja!
ResponderEliminarMuchas gracias San, en efecto la antinomía al ser tan elemental se debe poder rastrear en más de un autor y en más de una tradición, respecto a la reconciliación sin eliminar ninguno de los términos que pretenden los escritores cristianos la veo de suyo imposible, una paradoja, analizar sus intentos puede resultar instructivo a la par que divertido (H.Blumenberg decía de Pascal, calificativo que se puede extrapolar a Kierkegaard o a Unamuno, que era una "instructiva víctima del cristianismo")
EliminarNo he leído Los Demonios/Los Endemoniados, pero de lo que explicas queda claro que, desde Kirilov, el miedo hace nacer la teleología, y desde ésta, a su vez, nace la idea de "lo necesario". De ahí que el supremo acto de libertad sea atentar contra "lo necesario". Queda claro que no hay atentado mayor contra lo necesario que quitarse la vida; sin embargo, hay también otras formas más humildes de perpetrar ese atentado. Ejemplo: incurrir en acciones absurdas, forzar el ridículo en público. Desde luego, no son irreversibles, pero aún así, ¿la voluntad de hacer la fila del banco desnudo es, en principio, equivalente a la voluntad de suicidarse?
ResponderEliminar-el miedo hace nacer la teleología, y desde ésta, a su vez, nace la idea de "lo necesario". De ahí que el supremo acto de libertad sea atentar contra "lo necesario"-...
EliminarMejor resumen no se puede hacer y estoy absolutamente de acuerdo con que existen alternativas para perpetrar el atentado, que Kirilov opte por el suicidio, con su incomprensible afán mesiánico de prioridad, es, según mi opinión, la manera que tiene Dostoievski de engendrar entre otras cosas la reflexión... Como decía Rilke la profundidad habita en aquellos lugares donde la ironía y la burla no pueden hacer aparición...
Supongo que Dostoievski, y es mucho suponer, creería que un personaje que (usando tu ejemplo) hace la fila del banco desnudo opacaría el mensaje que él realmente quiere enviar, ese que vos tan magistralmente has resumido. En cambio la radicalidad de un suicidio racional no hace sino magnificar el trasfondo
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